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RESUMEN | 'Un secreto en la ventana' de Norma Huidobro

Un secreto en la ventana, de Norma Huidobro, es una novela policial juvenil protagonizada por Manuel, un chico que comienza una amistad con don Mauricio, un anciano que vive rodeado de libros y objetos antiguos. Cuando el hombre muere en circunstancias sospechosas, Manuel decide investigar qué ocurrió y termina descubriendo una historia llena de secretos, engaños y pistas ocultas.


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A continuación, encontrarás el resumen completo de Un secreto en la ventana, capítulo por capítulo.



Capítulo 1: Breve presentación

Manuel tiene once años y vive en el barrio de La Boca con su hermana Leticia y Lucas, el novio de ella, ambos de veintitrés años. Sus padres murieron en un accidente cuando él tenía apenas un año. Después, una tía de su madre se mudó con los hermanos para cuidarlos, pero estaba enferma y murió un tiempo más tarde. Por eso, Leticia tuvo que realizar varios trámites para poder quedar legalmente a cargo de Manuel. 

Actualmente, Leticia trabaja en un banco y Manuel está terminando quinto grado. Cuando necesita ayuda con la escuela, puede recurrir tanto a su hermana como a Lucas. Este último es músico: toca en una banda de rock, da clases de guitarra y trabaja haciendo entregas para La Piccola Napolitana, la pizzería ubicada enfrente de su casa.


Los sábados por la noche, Manuel también trabaja en la pizzería. Ayuda a atender las mesas y lleva a pie los pedidos cercanos, ya que no le permiten conducir la moto. Esos días el local se llena de turistas que visitan La Boca, el barrio donde Manuel ha vivido desde que nació y que le gusta mucho.

Aunque Leticia lo controla bastante y se preocupa constantemente por su alimentación, su salud y sus hábitos, Manuel está contento. Considera que ella y Lucas son su única familia y siente que no necesita a nadie más. Los tres se llevan muy bien.


Capítulo 2: Marche una fugazzeta

La pizza es la comida preferida de Manuel y, aunque le gustan todas las variedades, su favorita es la fugazzeta. Todos los sábados por la noche come en la pizzería y, a veces, también los domingos, porque Enzo suele enviarles una o dos pizzas cuando Lucas termina de trabajar.

Enzo y su hermano José son los dueños de La Piccola Napolitana. Mientras Enzo prepara las pizzas en la cocina con un ayudante, José permanece en el mostrador, toma los pedidos y atiende la caja. Manuel considera que ambos son buenas personas, pero siente un cariño especial por Enzo debido a su generosidad.


Enzo siempre sabía que Manuel le llevaba una porción de pizza a don Mauricio y, antes de que el chico regresara a su casa, le preguntaba si ya se la había entregado para asegurarse de que no se olvidara. Sin embargo, Manuel nunca olvidaba hacerlo.

Don Mauricio vivía a la vuelta de la pizzería, pero el fondo de su casa estaba pegado al del local. Ambas propiedades estaban separadas por una pared en la que había una ventana extraña: pertenecía a la casa de don Mauricio, pero daba directamente a la pequeña terraza de la pizzería.

Enzo le había explicado a Manuel que la ventana había sido construida hacía mucho tiempo. Aunque podrían haber pedido que la clausuraran, nunca lo hicieron porque don Mauricio era una buena persona. Gracias a esa abertura, Manuel podía comunicarse con él desde la terraza. Para el chico, su presencia hacía que aquel espacio pequeño y encerrado resultara mucho menos aburrido.



Capítulo 3: La ventana indiscreta

Manuel conoció a don Mauricio poco después de comenzar a trabajar en la pizzería. Una noche, el local estaba lleno y José le pidió que subiera por primera vez a la terraza para buscar una silla vieja. Mientras la buscaba entre los cajones, canastos y mesas amontonados, alguien le chistó desde la ventana. Al principio se asustó y creyó que José intentaba hacerle una broma, pero al darse vuelta vio a un anciano calvo y con anteojos.

El hombre se presentó como Mauricio. Manuel le contó que trabajaba en la pizzería y que vivía enfrente con Leticia y Lucas. Don Mauricio, por su parte, le explicó que vivía solo y tenía una nieta que se había mudado a Salta para trabajar como maestra. Ella quería llevárselo, pero él se negaba a abandonar La Boca, el barrio donde había nacido y donde deseaba permanecer hasta su muerte.


Aunque Manuel debía regresar con la silla, sintió pena al verlo solo. Don Mauricio le pidió que buscara una pinza que se le había caído dentro de una maceta ubicada debajo de la ventana. Para alcanzársela, Manuel colocó la silla frente a la pared y se subió a ella. Desde allí pudo observar el interior de la habitación.

Don Mauricio le mostró uno de sus álbumes de estampillas y le explicó que tenía otros sesenta y tres guardados en una biblioteca construida especialmente para su colección. Sobre la mesa había estampillas de diferentes colores, pinzas, una lupa, sobres y otros elementos que utilizaba para ordenarlas. También coleccionaba recortes periodísticos sobre filatelia y guardaba las cartas que intercambiaba con otros coleccionistas. Gracias a él, Manuel aprendió que las personas que coleccionan estampillas se llaman filatelistas.


La conversación termina cuando llaman a Manuel desde abajo. Antes de que se vaya, don Mauricio le pide en secreto que le lleve un pedazo de pizza. Como está enfermo, su nieta lo mantiene a dieta y controla su alimentación por medio de Etelvina, la mujer que limpia su casa y le prepara la comida. Manuel promete no contarle nada a nadie y regresar más tarde con la pizza. Así comienza la amistad entre ambos.


Capítulo 4: La Dama de Elche

Aquella misma noche, Manuel regresó a la terraza con una porción de pizza de mozzarella para don Mauricio. El anciano la comió lentamente y le pidió que volviera temprano el sábado siguiente para poder mostrarle sus estampillas.

Una semana después, Manuel subió con una porción de fugazzeta. Mientras don Mauricio comía, el chico observó un álbum completo de estampillas italianas con imágenes de flores, mariposas, reinas, banderas y escudos. Entonces, el hombre decidió enseñarle una pieza muy especial que guardaba dentro de un pequeño cajón oculto en su mesa. Sacó una caja de madera y le mostró una estampilla azul con el rostro de una mujer de piedra.

Don Mauricio le explicó que la imagen correspondía a la Dama de Elche, una antigua estatua hallada por un campesino en España en 1897. Aunque se calcula que la obra pertenece al siglo V antes de Cristo, la estampilla fue impresa en 1900 para celebrar la llegada del siglo XX.


Su valor no se debía solamente a su antigüedad, sino principalmente a un error de impresión. Alguien había agregado una equis a las dos que representaban el siglo veinte y, por eso, en un costado decía “Siglo XXX”. Cuando descubrieron la alteración, ordenaron destruir toda la plancha. Sin embargo, el encargado conservó clandestinamente algunas estampillas, quizás entre diez y veinte.

Don Mauricio asegura que solo se conoce el paradero de tres ejemplares: uno está en un museo de Nueva York, otro pertenece a un millonario italiano y el tercero, a un coleccionista japonés. Manuel comprende entonces que su amigo posee una de las pocas estampillas restantes. Al examinarla nuevamente con la lupa, tiene la extraña impresión de que la Dama de Elche le sonríe.



Capítulo 5: No se lo digas a nadie

Don Mauricio le pide a Manuel que guarde dos secretos: las porciones de pizza que le lleva a escondidas y la existencia de la valiosa estampilla de la Dama de Elche. El chico promete no contarle nada a nadie.

El anciano le explica que piensa dejarle la estampilla como herencia a su nieta. Aunque a ella no le interesa coleccionar, está seguro de que, cuando él muera, la venderá y destinará el dinero a la pequeña escuela donde trabaja. Sus alumnos son muy pobres y ella vive dedicada a ayudarlos. Don Mauricio comprende esa preocupación, pero considera que su nieta exagera y debería pensar un poco más en sí misma.

A Manuel no le parece mal que la Dama de Elche se venda para colaborar con la escuela. Sin embargo, no expresa su opinión y se despide porque probablemente lo están buscando en la pizzería. Antes de dejarlo ir, don Mauricio le pregunta si regresará a visitarlo antes de volver a su casa.

Manuel se ofrece a llevarle otra porción de pizza, pero el hombre prefiere un postre. Al enterarse de que hay budín de pan, se entusiasma porque hace muchísimo tiempo que no lo prueba. Esa noche, Manuel vuelve a la terraza con el postre y encuentra a don Mauricio esperándolo junto a la ventana.


Capítulo 6: Una porción de tarantella

Durante aproximadamente un mes y medio, Manuel visitó a don Mauricio todos los sábados. Subía dos veces a la terraza: primero le llevaba una porción de pizza y luego un postre. Mientras el anciano comía, Manuel observaba sus álbumes y escuchaba las historias de las estampillas.

Enzo descubrió lo que ocurría y decidió ayudarlos. Preparaba porciones especialmente grandes y agregaba más crema o dulce de leche a los postres. Aunque sabía que Etelvina podía enojarse si se enteraba, consideraba que don Mauricio tenía derecho a darse un gusto una vez por semana. Manuel se alegró de contar con su complicidad porque ya no tenía que esconder la comida.

Un sábado, Manuel visitó al anciano alrededor de las ocho y media y le llevó fugazzeta. Antes de bajar, le preguntó qué postre quería para más tarde. Don Mauricio eligió tarantella, preparada con mucha manzana y caramelo, y aclaró que debía comerla sola, sin crema ni dulce de leche.

La pizzería tuvo una noche muy ocupada y Manuel perdió la noción del tiempo. Cuando José le avisó que faltaban diez minutos para las doce, tomó la porción de tarantella que Enzo había preparado y subió rápidamente. Sin embargo, encontró la ventana cerrada, con la persiana baja y la habitación a oscuras. Era la primera vez que sucedía algo así.

Manuel se subió a la silla, escuchó junto a la persiana, golpeó varias veces y llamó a don Mauricio, pero nadie respondió. Supuso que el anciano, enfermo y cansado de esperar, se había ido a dormir. Decidió intentar llevarle el postre al día siguiente, aunque sabía que sería difícil hacerlo sin que Etelvina lo descubriera.

Cuando estaba por retirarse, escuchó una música de campanas proveniente de la casa de don Mauricio. Pensó que se trataba de un reloj que anunciaba la hora y se apresuró a volver a su casa, ya que Leticia no quería que llegara después de las doce.



Capítulo 7: Sobremesa del domingo

Los domingos, Manuel y Lucas solían levantarse tarde, mientras Leticia preparaba el desayuno y el almuerzo. Después de comer, los tres acostumbraban quedarse conversando alrededor de la mesa. Sin embargo, aquel domingo su rutina familiar se vio interrumpida por una noticia terrible.

Cuando estaban terminando de almorzar, sonó el timbre. Lucas atendió y encontró a Enzo en la puerta. Ambos comenzaron a hablar en voz baja y se mostraron extrañamente serios. Al notar la situación, Manuel quiso saber qué ocurría y todos se dirigieron a la cocina.

Con mucha dificultad, Enzo le comunicó que don Mauricio había muerto. Manuel no podía comprenderlo porque lo había visto bien la noche anterior. Lucas le explicó que algunos aspectos todavía no estaban claros y que la policía debía investigar lo sucedido.

Finalmente, Enzo reveló que, aparentemente, don Mauricio se había suicidado. Supuso que su enfermedad podía haberlo llevado a tomar esa decisión, aunque no podía asegurarlo. Manuel quedó paralizado y sintió un nudo en la garganta. Pensó que nunca volvería a llevarle pizza ni postres y lamentó especialmente que el anciano no hubiera llegado a probar la tarantella que tanto deseaba.

Cuando ya no pudo contener las lágrimas, Manuel corrió a encerrarse en su habitación porque no quería que los demás lo vieran llorar.


Capítulo 8: Vacaciones y algo más

Las vacaciones de Manuel comenzaron el lunes siguiente, pero la muerte de don Mauricio le impedía disfrutarlas. No podía comprender cómo alguien tan entusiasmado con sus estampillas y con la tarantella podía haber decidido quitarse la vida. Para empeorar su ánimo, Lucas le anunció que su sobrino Gonzalo, un niño de seis años que lo seguía e imitaba constantemente, iría a quedarse unos días en la casa.

Antes de que Gonzalo llegara, Manuel cruzó a la pizzería para hablar con Enzo. Quería conocer más detalles sobre la muerte de don Mauricio. Enzo le explicó que la policía había encontrado en la casa dos cajas vacías de pastillas para dormir y una botella de whisky por la mitad. Por eso sospechaban que se había suicidado, aunque debían esperar los resultados de la autopsia para determinar la causa exacta de la muerte.

Etelvina se había sorprendido al conocer estos hallazgos: ella solo había visto una caja de pastillas casi llena y desconocía la existencia del whisky, ya que el médico le había prohibido a don Mauricio consumir alcohol. Enzo supuso que el anciano podía haber escondido ambas cosas.

A Manuel la explicación no lo convencía. Si don Mauricio estaba planeando morir, no comprendía por qué había pedido la tarantella con tanto entusiasmo. Incluso preguntó si tenía enemigos, pero Enzo respondió que casi nunca salía de su casa y que Etelvina era prácticamente la única persona que lo visitaba. Manuel aclaró que no desconfiaba de ella, aunque continuaba considerando extraña la situación.

La conversación se interrumpió con la llegada de Gonzalo. Manuel se lo llevó antes de que pudiera escuchar más y comenzó a pensar como los detectives de sus novelas favoritas, Sherlock Holmes y Hércules Poirot. Se convenció de que la policía no debía aceptar tan fácilmente la hipótesis del suicidio. Para él, don Mauricio había sido asesinado y el motivo parecía evidente: la valiosa estampilla de la Dama de Elche.

Más tarde, Manuel regresó solo a la pizzería y le contó a Enzo su teoría. Sin embargo, Enzo afirmó que don Mauricio a veces fantaseaba e inventaba historias. Según Etelvina, estaba obsesionado con sus estampillas y no todo lo que decía era verdad. También aseguró que la supuesta Dama de Elche era una estampilla de cotillón, que existían miles de ejemplares y que no tenía ningún valor.

Manuel se resistió a creerlo porque había visto personalmente la inscripción “Siglo XXX”. Aun así, Enzo insistió en que toda la historia sobre su rareza era falsa. Aunque Manuel confiaba en él, algo seguía sin cerrarle. Finalmente, le preguntó cómo sabía que la estampilla no valía nada. Enzo respondió que esa información también se la había dado Etelvina.



Capítulo 9: La chica, el charango y la quena

Manuel pasó el lunes pensando en Etelvina. No entendía cómo podía asegurar que la Dama de Elche no tenía ningún valor si no era especialista en filatelia. Por eso decidió visitarla y obtener información. Planeaba comenzar preguntándole por su nieto Sebastián, con quien había jugado de pequeño, para después llevar la conversación hacia don Mauricio y la estampilla.

El martes por la mañana, Leticia le encargó que llevara a Gonzalo a la plaza y regresara antes del mediodía. Sin embargo, Manuel se desvió hacia la casa de Etelvina. El niño protestó durante todo el trayecto porque solo quería ir a jugar.

Encontraron a Etelvina barriendo la vereda. Manuel intentó iniciar su plan preguntándole por Sebastián, pero ella respondió que su nieto iría a visitarla en Navidad y enseguida retomó su tarea. Gonzalo, además, reveló que Manuel había dicho que necesitaban verla. La mujer quiso saber por qué, pero el chico no se animó a mencionar a don Mauricio. Finalmente se alejaron sin haber averiguado nada.

Ya en la plaza, Manuel se sentó en una hamaca para pensar cómo conseguir información. Mientras se balanceaba, escuchó primero una melodía triste tocada con un charango y después otra interpretada con una quena. Al buscar a Gonzalo para pedirle que no se alejara, descubrió que había desaparecido. Asustado, comenzó a llamarlo y recorrió la plaza hasta oír su voz.

Gonzalo estaba junto a una joven sentada en un banco, la misma que tocaba la quena. A su lado tenía un charango y una mochila. A pedido del niño, ella interpretó otra melodía con el pequeño instrumento y explicó que la había compuesto para su abuelo. Había planeado terminarla antes de su cumpleaños, pero ya no podría hacerlo porque él acababa de morir.

Manuel comprendió entonces que la joven era la nieta de don Mauricio que vivía en Salta. Ella había viajado a Buenos Aires para despedirse de su abuelo y después regresaría a su casa.


Capítulo 10: Tengo algo que decirte

La joven se presentó como Jimena, la única familiar que le quedaba a don Mauricio. Etelvina la había llamado para avisarle de la muerte y ella había viajado inmediatamente desde Salta. Después del entierro pensaba quedarse uno o dos días más antes de regresar.

Jimena confirmó que conocía la colección de estampillas de su abuelo y que, cuando era pequeña, disfrutaba observando los álbumes. Manuel le dijo que tenía algo importante que contarle, pero no quería hacerlo delante de Gonzalo. Ambos acordaron encontrarse un rato después en el departamento de don Mauricio.

Manuel llevó a Gonzalo nuevamente a su casa y lo convenció de quedarse allí prometiéndole una sorpresa. Luego corrió hasta el edificio donde había vivido don Mauricio. Jimena lo recibió con los ojos enrojecidos de tanto llorar. Se sentía culpable porque había querido llevarse a su abuelo a Salta, pero no había insistido lo suficiente.

Cuando ella mencionó el supuesto suicidio, Manuel le aseguró que no creía en esa versión. Expuso su teoría: alguien había asesinado a don Mauricio para robarle la Dama de Elche. Jimena respondió que la estampilla no tenía valor y que la historia era otra de las fantasías provocadas por la enfermedad de su abuelo.

Para demostrar su sospecha, Manuel le pidió que revisara el cajón de la mesa donde don Mauricio guardaba la caja de madera. Al abrirlo, descubrieron que la caja y la estampilla habían desaparecido. Manuel consideró que aquello confirmaba el robo, aunque Jimena explicó que su abuelo cambiaba las cosas de lugar, luego olvidaba dónde las había dejado y revolvía toda la casa para encontrarlas.

Manuel le contó detalladamente las conversaciones que había mantenido con don Mauricio y las visitas de los sábados, durante las cuales le llevaba pizza y postres. Insistió en que una persona que esperaba con tantas ganas una porción de tarantella no habría decidido suicidarse antes de probarla. Jimena agradeció que se preocupara por su abuelo, pero todavía no aceptó la hipótesis del asesinato.

Mientras Jimena atendía el timbre, Manuel observó por primera vez la habitación desde adentro. La persiana de la ventana continuaba cerrada y la biblioteca de los álbumes le pareció más pequeña de lo que recordaba. Entonces escuchó la voz de la visitante: era Etelvina, quien se mostró sorprendida y poco amable al encontrarlo allí.



Capítulo 11: Mis apuntes

Antes de regresar a su casa, Manuel recordó que le había prometido una sorpresa a Gonzalo. Entró en la pizzería, le pidió una porción de pizza a Enzo y se la llevó. Cuando Gonzalo le preguntó por qué había tardado tanto y notó que la pizza estaba fría, Manuel inventó algunas excusas y corrió a encerrarse en su habitación.

Para organizar sus ideas, utilizó su cuaderno de apuntes. Le gustaba anotar sus gastos, las cosas que le interesaban y, especialmente, aquello que no comprendía. En esta ocasión escribió una serie de preguntas sobre el supuesto suicidio de don Mauricio:

  1. ¿Por qué había pedido tarantella si pensaba suicidarse?

  2. ¿Era cierto que la Dama de Elche no valía nada?

  3. Si no tenía valor, ¿por qué no estaba en el cajón?

  4. ¿Qué sabía Etelvina de filatelia para opinar sobre la estampilla?

  5. ¿Jimena también confiaba en todo lo que decía Etelvina?

  6. ¿Dónde estaba realmente la Dama de Elche? ¿Don Mauricio la había cambiado de lugar?

Después del almuerzo, Manuel continuó reflexionando. Estaba convencido de que la solución del caso se encontraba en la estampilla azul que don Mauricio había guardado dentro de la caja de madera. Por eso anotó que debía hablar otra vez con Jimena y preguntarle si ya había buscado la Dama de Elche en el resto del departamento.

Etelvina también ocupaba un lugar central en sus sospechas. Visitaba diariamente a don Mauricio, conocía su casa y probablemente sabía mucho sobre él y sus estampillas. Sin embargo, Manuel no entendía de dónde había obtenido la información de que la Dama de Elche carecía de valor.

Como no se animaba a enfrentarla directamente porque le parecía autoritaria, decidió averiguar más sobre ella por medio de Enzo. Quería saber si Etelvina era realmente tan buena persona como todos creían.


Capítulo 12: Santa Etelvina

El miércoles por la mañana, Manuel fue con Gonzalo a la pizzería para preguntarle a Enzo acerca de Etelvina. Enzo le explicó que ella había cuidado a don Mauricio durante seis años y probablemente lo conocía mejor que su propia nieta. Además, era amiga suya desde la infancia y la consideraba una persona buena y completamente confiable.

Cuando Manuel insinuó que le parecía extraño que todos aceptaran sus afirmaciones sin cuestionarlas, Enzo le preguntó directamente si sospechaba que Etelvina había matado a don Mauricio. Gonzalo escuchó la pregunta, pero Enzo aclaró rápidamente que ella no había asesinado a nadie. Manuel comprendió que no obtendría información negativa de alguien que la conocía y confiaba en ella desde hacía tantos años.

Al salir de la pizzería, Manuel encontró a Jimena y le preguntó si ya había buscado la Dama de Elche. Ella respondió que todavía no había tenido tiempo y que, en ese momento, Etelvina estaba sola limpiando el departamento. También aseguró que confiaba plenamente en ella porque había cuidado a su abuelo y administrado su casa durante seis años.

Manuel regresó a su cuaderno y anotó que no debía hablar de sus sospechas sobre Etelvina ni con Enzo ni con Jimena, ya que ambos la consideraban prácticamente una santa. Tendría que buscar otra manera de averiguar de dónde había obtenido sus conocimientos sobre la estampilla.

Más tarde, mientras iba con Gonzalo a la plaza, volvió a pasar por la casa de Etelvina. Sin embargo, antes de llegar se cruzó nuevamente con Jimena. Ella le contó que se mudaría temporalmente a la casa de Etelvina porque acababa de alquilar el departamento de su abuelo, con todos los muebles y álbumes incluidos, a un turista francés que quería alojarse unos días en La Boca y estaba dispuesto a pagarle muy bien.

Jimena agregó que aquel hombre era amigo de un amigo de Etelvina y que ella misma se lo había recomendado. Aunque prometió buscar la estampilla en algún momento, Manuel quedó intranquilo. No solo le preocupaba que la Dama de Elche continuara desaparecida: también le resultaba sospechoso que un desconocido ocupara inmediatamente el departamento y tuviera acceso a todas las pertenencias de don Mauricio.



Capítulo 13: El inquilino

Manuel anotó en su cuaderno que le resultaba muy extraño que Etelvina hubiera conseguido tan rápidamente un inquilino para el departamento de don Mauricio. Estaba convencido de que ocurría algo sospechoso, pero decidió investigar sin consultar a Etelvina, Jimena ni Enzo.

Esa noche, Manuel y Gonzalo cenaron en la pizzería mientras Lucas hacía entregas y Leticia estudiaba para un examen del banco. Mientras elegían el postre, entró un hombre alto, delgado, completamente calvo y con anteojos redondos. Llevaba pantalón negro y una camisa blanca amplia. Caminó lentamente por el local, observó todas las mesas como si buscara algo y finalmente se sentó cerca de ellos.

Cuando pidió la comida, su marcada pronunciación confirmó que era extranjero. Manuel sospechó de inmediato que se trataba del turista francés que había alquilado el departamento de don Mauricio, aunque todavía no tenía pruebas.

Poco después apareció Etelvina y saludó al hombre, confirmando que lo conocía. Le recordó que iría a limpiar el departamento por las tardes para no molestarlo durante la mañana. Luego entró en la cocina y habló con Enzo acerca de Héctor Cardone, el hombre que había enviado al francés.

Manuel escuchó que Héctor había sido amigo de don Mauricio y también coleccionaba estampillas. Etelvina lo había consultado acerca de la Dama de Elche y él le había asegurado que no tenía valor. Aunque nunca lo había conocido personalmente, había hablado muchas veces con él por teléfono.

Según Etelvina, Héctor Cardone le contó que un amigo suyo procedente de Francia buscaba alquilar un departamento en La Boca o San Telmo. Cuando ella le habló de la muerte de don Mauricio, surgió la posibilidad de ofrecerle su vivienda. Jimena aceptó encantada porque el turista le pagaría muy bien y en euros.

Manuel comprendió así la conexión entre la estampilla, el coleccionista Héctor Cardone, Etelvina y el inquilino francés. Aunque todos presentaban el alquiler como una coincidencia, para él la situación resultaba cada vez más sospechosa. Gonzalo, por su parte, llegó a una conclusión más sencilla: Etelvina no le gustaba porque gritaba demasiado.


Capítulo 14: La plaza del encuentro

Después de ordenar sus sospechas, Manuel se preguntó si Etelvina había instalado deliberadamente al francés en el departamento y si ambos podían ser cómplices. También consideró la posibilidad de que alguno de ellos hubiera asesinado a don Mauricio o de que existiera una tercera persona involucrada.

A la mañana siguiente tuvo una idea nueva: quizás alguien había entrado en el departamento para robar la Dama de Elche y había matado a don Mauricio porque se negó a entregarla. Sin embargo, el asesino no había encontrado la estampilla. Por lo tanto, Manuel concluyó que la Dama de Elche todavía debía estar escondida dentro del departamento.

El jueves llevó a Gonzalo a la plaza Matheu con la esperanza de encontrarse con Jimena. Cuando escucharon la melodía de la quena, la localizaron sentada en el mismo banco de la vez anterior. Manuel le expuso su nueva teoría y le insistió en que buscara la estampilla antes de que el inquilino abandonara el departamento.

Jimena prometió hacerlo y hasta se ofreció a regalarle la Dama de Elche si la encontraba, porque continuaba creyendo que no tenía valor. Explicó que Etelvina había investigado el asunto: escribió a un filatelista reconocido y recibió una carta donde se afirmaba que la estampilla carecía de valor. Al parecer, Etelvina se había preocupado al saber que don Mauricio guardaba una pieza supuestamente tan valiosa en su casa y había propuesto depositarla en un banco. Como el anciano se negaba porque quería seguir observándola, ella consultó al especialista y quedó tranquila con su respuesta.

Manuel también le preguntó a Jimena si no consideraba sospechoso que Etelvina hubiera conseguido un inquilino justo en ese momento. La joven respondió que estaba contenta con el alquiler porque utilizaría el dinero para comprar materiales destinados a su escuela.

La conversación se interrumpió cuando apareció Etelvina cargada con dos bolsas de choclos. Le dijo a Jimena que ya podían comenzar a preparar humitas y las invitó a regresar a su casa. Jimena propuso que Manuel y Gonzalo fueran con ellas para que el niño practicara con la quena.

Gonzalo, que parecía sentir miedo o rechazo hacia Etelvina, apretó con fuerza la mano de Manuel y bajó la mirada. Al comprender que no quería acompañarlas, Manuel inventó que Lucas los esperaba para salir a pasear. Gonzalo se mostró aliviado y ambos se marcharon.



Capítulo 15: Asomado a la ventana

Después de cenar, Manuel les contó a Leticia y Lucas toda su teoría. Sin embargo, ninguno le creyó. Leticia consideró que estaba dejándose llevar por las novelas policiales y sostuvo que don Mauricio se había suicidado porque estaba cansado de vivir enfermo. Lucas también defendió a Etelvina y aseguró que todo el barrio la conocía como una persona excelente.

Cuando Gonzalo preguntó si Etelvina era una asesina, Leticia se horrorizó y reprendió a Manuel por haberle metido esa idea en la cabeza. Como los adultos no estaban dispuestos a escucharlo, el chico decidió continuar la investigación por su cuenta, aunque anotó que podía pedirle ayuda a Gonzalo si resultaba necesario.

El viernes por la noche, Lucas volvió a llevarlos a la pizzería para que Leticia pudiera estudiar. El local estaba lleno porque Jorge, un amigo de los dueños, cantaba tangos. Cuando necesitaron una silla adicional, Manuel se ofreció a buscar la que estaba en la terraza.

Subió sin encender la luz para evitar que el francés lo descubriera. Como la persiana de la ventana estaba apenas levantada, se subió a la maceta y trató de observar el interior oscuro del departamento. Mientras esperaba que sus ojos se acostumbraran, oyó unas llaves y la puerta se abrió.

Manuel se escondió y vio entrar a Etelvina, que llevaba una pila de ropa. Después de dejarla sobre una silla, observó cuidadosamente la habitación y se detuvo frente a la biblioteca. Sacó varios álbumes, los abrió, revisó su contenido y cambió alguno de lugar. Para Manuel, aquella conducta demostraba que no había ido solamente a entregar ropa o limpiar: parecía estar buscando algo entre las estampillas.

En ese momento, José llamó a Manuel desde abajo para reclamarle la silla. Como la puerta de la terraza había quedado abierta, Etelvina debió oírlo. El chico bajó rápidamente de la maceta y se escondió contra la pared por temor a que ella se asomara. Después de esperar unos segundos, tomó la silla y regresó a la pizzería sin ser descubierto, cada vez más convencido de que Etelvina ocultaba algo.


Capítulo 16: Un sábado más

El sábado por la noche, Manuel y Gonzalo fueron temprano a la pizzería porque Jorge volvería a cantar y esperaban mucha gente. Cerca de las diez llegó Etelvina, quien aseguró que la noche anterior había trabajado hasta tarde. Manuel sabía que en realidad había estado revisando los álbumes de don Mauricio, pero no dijo nada porque nadie le creería.

Cuando apareció Jorge y todos se distrajeron escuchándolo, Manuel intentó encontrar una excusa para subir a la terraza. Como la silla ya estaba abajo, su plan parecía fracasar. Sin embargo, Gonzalo pidió conocer la terraza y Enzo le dio permiso para llevarlo.

Una vez arriba, Manuel comprobó que la persiana del departamento estaba completamente cerrada y que no había luces ni ruidos. Supuso que el francés había salido. Mientras él trataba de escuchar junto a la ventana, Gonzalo comenzó a revisar los objetos acumulados en la terraza.

De pronto, el niño encontró enterrada dentro de la maceta una pequeña caja de madera con tapa corrediza. Era exactamente la caja donde don Mauricio había guardado la Dama de Elche. Manuel la abrió y comprobó que la valiosa estampilla continuaba en su interior. Comprendió que don Mauricio la había escondido allí y que, tal como sospechaba, nadie había logrado encontrarla.

Manuel guardó la caja en su bolsillo y le explicó a Gonzalo que pertenecía a Jimena. Le ordenó mantener el descubrimiento en secreto, especialmente frente a Etelvina, hasta que la nieta de don Mauricio llegara a la pizzería.

Ambos regresaron al salón, donde Etelvina seguía escuchando a Jorge. Gonzalo se mostró preocupado por la posibilidad de que ella intentara quitarles la caja, pero Manuel le aseguró que no ocurriría nada porque ignoraba que la tenían.

Mientras esperaban a Jimena, apareció el francés. Etelvina le hizo señas para que entrara y se sentara junto a ella. Cuando buscó a un mozo, descubrió a Manuel observándola fijamente y lo llamó. El chico volvió a sentir que le temblaban las piernas, temiendo que ella hubiera descubierto algo.



Capítulo 17: Mozo, traiga otra copa

Etelvina llamó a Manuel para que tomara el pedido del francés. El hombre pidió una porción de pizza de verduras y una copa de vino. Mientras comía y escuchaba a Jorge cantar, notó que Manuel lo observaba y le sonrió. El chico apartó la mirada, pero continuó sintiendo que el francés lo vigilaba.

Cuando terminó una canción, Jorge se acercó a conversar con Etelvina y José les sirvió vino. Aprovechando que la mujer estaba distraída y le daba la espalda al francés, Manuel se aproximó al inquilino.

El hombre le preguntó si quería ganarse una propina. Explicó que esperaba unos amigos en el departamento y necesitaba ayuda para trasladar cuatro cajas de pizza. Manuel aceptó, aunque llevaba escondida en el bolsillo la caja con la Dama de Elche.

Mientras José entregaba las pizzas, Gonzalo observó la situación desde el fondo del local y llamó discretamente la atención de Manuel. El chico le indicó mediante gestos que no ocurría nada para evitar levantar sospechas.

Finalmente, el francés tomó dos cajas, le entregó las otras dos a Manuel y ambos salieron rumbo al departamento de don Mauricio. Sin saber cuáles eran las verdaderas intenciones del hombre, Manuel se alejaba de la pizzería llevando consigo la estampilla que todos parecían buscar.


Capítulo 18: A la vuelta de la esquina

Durante el corto trayecto hasta el departamento, el francés conversó amablemente con Manuel sobre la pizza. Sin embargo, al doblar la primera esquina se quedó repentinamente callado. El chico tuvo la sensación de que alguien los seguía, aunque al mirar hacia atrás no vio a nadie.

Al llegar al edificio, Manuel intentó entregarle las cajas y regresar a la pizzería, pero el hombre insistió en que lo acompañara hasta el interior. Su tono se volvió amenazante y, de pronto, dejó de hablar con acento francés. Manuel comprendió que había estado fingiendo su identidad.

El falso turista lo sujetó de un brazo, le tapó la boca y lo arrastró por el pasillo y las escaleras hasta el departamento. Una vez dentro, le exigió que le entregara la caja. Confesó que había escuchado desde la ventana la conversación entre Manuel y Gonzalo cuando encontraron la Dama de Elche.

Al notar que Manuel trataba de ocultarla, le inmovilizó los brazos, revisó sus bolsillos y encontró la caja. La abrió y sonrió al comprobar que la estampilla estaba adentro. Luego utilizó su celular para llamar a otra persona y le dijo que se encontrarían, tal como habían acordado, en el mismo lugar.

Después, amordazó a Manuel, le ató las manos y los tobillos y lo dejó sentado en un sillón. Guardó la caja con la Dama de Elche dentro de un bolso y se preparó para escapar. Antes de marcharse, aseguró que pronto encontrarían al chico y le agradeció irónicamente por haberle entregado la estampilla.

Sin embargo, cuando estaba a punto de salir, alguien dio tres golpes fuertes en la puerta. El hombre quedó inmóvil y sorprendido, mientras Manuel comprendía que una persona inesperada acababa de llegar.



Capítulo 19: Siempre es bueno tener una ventana a mano

Al oír los golpes, el falso francés corrió hacia la ventana, levantó completamente la persiana y escapó por la terraza de la pizzería. Desde el otro lado de la puerta, Manuel reconoció la voz de Lucas llamándolo.

Como estaba amordazado y atado, se arrojó contra una mesa para tirar la lámpara y producir ruido. Lucas comprendió que se encontraba adentro y, acompañado por un policía, derribó la puerta a patadas.

Apenas le quitaron la mordaza, Manuel avisó que el delincuente había escapado por la ventana. El policía saltó inmediatamente hacia la terraza porque, según explicó Lucas, el hombre probablemente intentaría atravesar la pizzería para llegar a la calle.

Mientras Lucas lo desataba, Manuel le contó que el falso francés se había llevado la Dama de Elche. Los gritos y golpes atrajeron a varios vecinos, con quienes el chico debía quedarse mientras Lucas rodeaba la manzana para interceptar al fugitivo.

Sin embargo, Manuel comprendió que el policía no conocía el aspecto del delincuente y, por lo tanto, no sabría a quién perseguir. Después de beber un vaso de agua, decidió actuar: saltó también por la ventana y fue detrás de ellos.


Capítulo 20: Un poco de acción

Manuel llegó a la pizzería, que estaba repleta de gente escuchando cantar a Jorge. No encontró al policía, pero sí vio al falso francés: permanecía agazapado en un rincón con el bolso que contenía la estampilla e intentaba pasar inadvertido. En vez de salir corriendo, había decidido mezclarse entre el público y acercarse poco a poco a la puerta.

El hombre observaba especialmente a Etelvina, que seguía las letras de los tangos con los ojos cerrados y parecía completamente cautivada por la música. Manuel se preguntó si ambos eran cómplices, pero notó que el delincuente trataba de ocultarse de ella, como si temiera que lo reconociera y comenzara a gritar. Esa actitud hizo que la supuesta complicidad resultara menos probable.

Mientras el falso francés avanzaba lentamente hacia la salida, Manuel buscó ayuda con la mirada. Enzo, José y los demás permanecían pendientes del espectáculo. Entonces descubrió a Gonzalo sentado cerca de la puerta: el chico alternaba la mirada entre Manuel y el ladrón, consciente del peligro.

Finalmente apareció el policía. Manuel se lo señaló a Gonzalo y este corrió a buscarlo. Cuando el agente se acercó a la entrada, ambos chicos indicaron quién era el delincuente. El policía sacó su arma, le ordenó que levantara las manos y no le dio tiempo para escapar: el falso francés soltó el bolso y se rindió.



Capítulo 21: El reloj

Lucas regresó a la pizzería acompañado por otros dos policías y, poco después, también apareció Leticia. Al enterarse de que el falso francés había secuestrado a Manuel, todos se alteraron. Leticia casi se desmayó y Etelvina quedó paralizada, pálida y sin poder hablar.

Cuando llegó Jimena, Manuel explicó que el delincuente llevaba en el bolso la cajita con la estampilla. Contó que Gonzalo la había encontrado en la terraza y que el hombre había escuchado su conversación a través de la ventana. Lucas agregó que luego había llevado a Manuel por la fuerza hasta el departamento para quitarle la estampilla y lo había dejado atado y amordazado.

Manuel descubrió entonces cómo habían sabido dónde encontrarlo: Gonzalo lo había seguido y, al ver las cajas de pizza tiradas en la vereda, había buscado a Lucas. Este acababa de regresar en su moto y salió inmediatamente a buscar al policía que recorría la calle Olavarría. Manuel comprendió que Gonzalo había sido fundamental para rescatarlo.

Los policías anunciaron que varias personas tendrían que ir a la comisaría para aclarar lo sucedido. Mientras se llevaban esposado al falso francés, comenzaron a sonar unas campanadas. Manuel reconoció el sonido que había escuchado la noche en que don Mauricio murió y creyó que provenía de un reloj del departamento. Sin embargo, Jimena aseguró que su abuelo no poseía ningún reloj que sonara de esa manera.

Finalmente, uno de los policías sacó un teléfono celular del bolsillo del delincuente y atendió una llamada. En ese mismo instante dejaron de oírse las campanadas. Manuel comprendió entonces que aquel sonido no había provenido de ningún reloj: era el tono del celular del falso francés, quien había estado en el departamento de don Mauricio la noche de su muerte.


Capítulo 22: Todo se sabe

Todos fueron a la comisaría y Manuel tuvo que relatar la historia completa desde el momento en que había conocido a don Mauricio. Durante la semana siguiente se aclararon los detalles: el supuesto francés era argentino y fue acusado de secuestro, intento de robo y asesinato. Había obligado a don Mauricio a ingerir pastillas con whisky para hacer pasar su muerte por un suicidio.

La noche en que Manuel llevó la tarantella, don Mauricio ya estaba muerto y el asesino todavía se encontraba dentro del departamento. Las campanadas que Manuel creyó escuchar en un reloj provenían, en realidad, del celular del criminal. El teléfono también había sonado durante el secuestro, pero Manuel volvió a confundir su sonido con el de un reloj.

Las investigaciones revelaron que el asesino era Héctor Cardone, un filatelista fanático relacionado anteriormente con el robo de otra colección importante. Cardone mantenía correspondencia con don Mauricio y hacía tiempo que intentaba apoderarse de la Dama de Elche. Además, era el supuesto amigo que Etelvina había consultado acerca de la estampilla.

Cardone había engañado a Etelvina al recomendarle un especialista inexistente. Él mismo recibió la carta que ella envió y respondió, bajo un nombre falso, que la estampilla era un fraude. De ese modo, consiguió que Etelvina dejara de insistir para que don Mauricio guardara la pieza en un banco y supo que continuaba dentro del departamento, disponible para robarla cuando tuviera la oportunidad.

Don Mauricio debió sospechar de Cardone y, antes de morir, arrojó la cajita por la ventana para esconderla en la maceta de la terraza. Etelvina no había participado del crimen: se sentía culpable por no haber sospechado nada al encontrar los álbumes cambiados de lugar, pero en realidad había sido Cardone quien los revisaba buscando la estampilla. El asesinato había sido planeado con cuidado, ya que el criminal conocía los medicamentos de don Mauricio, llevó otra caja de pastillas y sabía que tenía prohibido beber alcohol.

Jimena decidió vender la Dama de Elche y utilizar el dinero para ayudar a su escuela y a la comunidad del pueblo salteño donde vivía. Planeaba crear talleres de artesanías, comedores y una biblioteca, tal como lo había anticipado su abuelo. También invitó a Manuel y a los demás a pasar unas vacaciones en Salta, y le regaló a Gonzalo la cajita de tapa corrediza como reconocimiento por su ayuda decisiva en la investigación.



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