top of page

RESUMEN | El regreso de la dama de blanco - Guillermo Barrantes |Resumen por capítulo

¿Qué sucede cuando una leyenda que parecía haber llegado a su fin vuelve a cobrar vida? En El regreso de la Dama de Blanco, Guillermo Barrantes retoma el misterio de esta enigmática figura y nos invita a recorrer nuevamente una Buenos Aires llena de secretos, mitos y personajes sobrenaturales.


También te puede interesar:


En la esquina de Vicente López y Azcuénaga

Rufina se encuentra en la esquina de Vicente López y Azcuénaga, junto al cementerio, una encrucijada donde siente que se cruzan dos destinos: una vida y una muerte. Tiene la sensación de haber estado allí antes, quizás una vez o un millón de veces.

Su memoria comienza a fallar y se hunde en una niebla en la que parecen mezclarse distintos universos y tiempos. A su alrededor gira un polvo helado cuyas partículas contienen voces. Rufina comprende que son las voces de su pasado reciente y que pueden ayudarla a recordar aquello que está olvidando.

La niebla comienza a girar en sentido contrario y su mente retrocede, repasando el camino que la lleva hasta esa esquina. Justo antes de olvidarlo todo, Rufina recuerda el día en que decidió recuperar a Fabián.


En el bar “Epílogo”: un café doble

Rufina conoce de vista a su vecina Liliana Crociati, quien recibe las visitas de Juan, un hombre proveniente de la Buenos Aires de los vivos. Un día decide acercarse para preguntarle cómo podría llegar hasta allí y buscar a Fabián, que lleva seis meses y catorce días sin visitarla.

Liliana conoce a Fabián porque lo veía junto a Rufina y porque Juan le cuenta que fue él quien lo ayudó a llegar por primera vez al mundo de los muertos. Rufina está convencida de que algo le ha ocurrido, especialmente porque en sus últimas visitas Fabián le habla de dos hombres misteriosos que lo persiguen. Liliana reconoce la descripción: esos mismos sujetos también acecharon a Juan durante un tiempo.

Liliana recuerda que Juan llega hasta allí mediante un extraño colectivo que toma en Bauness y Bauness, en Parque Chas, pero este no sirve para regresar al mundo de los vivos. Finalmente recuerda otra pista: para volver a Buenos Aires, Juan debe ir a un bar llamado “Epílogo”.


Rufina sale inmediatamente a buscarlo. En el camino entra a otro bar, “El pistón”, donde un hombre apodado el Chueco se ofrece a llevarla hasta “Epílogo” en su auto de carreras. Al llegar, le advierte que no es un buen lugar, pero Rufina entra de todos modos.

Dentro encuentra un salón oscuro y concurrido, con un enorme hombre detrás de la barra y dos hombres jugando al pool. Rufina pregunta cómo llegar a Buenos Aires, pero el hombre le ordena que se vaya. Como los jugadores también la ignoran, intenta tomar la bola blanca para llamar su atención. El gigante la detiene y le advierte que nunca debe interrumpir una partida de pool. Finalmente, ante su insistencia, le indica que baje al vigésimo subsuelo, se siente y pida un café doble.


Primera estación: Segrob

Rufina baja por las escaleras de “Epílogo” hasta el vigésimo subsuelo, donde encuentra un salón distinto a los anteriores: en lugar de mesas, hay dos filas de asientos y un cartel con la palabra “Segrob”. Se sienta y le pide un café doble a un extraño mozo, quien regresa con dos tazas. Confundida y angustiada porque no sabe cómo continuar su viaje, Rufina comienza a llorar.

Entonces descubre frente a ella a un anciano que le pregunta quién la envía. Rufina le cuenta que llegó sola y que busca regresar a la Buenos Aires de los vivos. El hombre le asegura que puede ayudarla y, antes de explicarle cómo, bebe de una de las tazas de café.

Tras hacerlo, conoce de inmediato el nombre y la historia de Rufina, incluida su muerte, su llegada a la Otra Buenos Aires, la noche en que vuelve al mundo de los vivos y conoce a Fabián, y la desaparición de este seis meses y catorce días atrás. 


El anciano explica que el café contiene una pizca de Aleph, un punto en el que conviven todos los espacios y todos los tiempos. Quien bebe segundo puede ver el pasado, el presente y el futuro de quien tomó primero.

Después de conocer la historia de Rufina, el anciano decide convertirse en su guía y acompañarla a Buenos Aires. Le explica que viajarán en un subterráneo fantasmagórico formado por antiguos vagones de madera, conducido por la propia Muerte a través de vías secretas. Durante el recorrido deberán pasar por distintas estaciones, donde Rufina tendrá que encontrarse con otros fantasmas.

De pronto, el salón comienza a temblar y a moverse. El anciano revela que nunca estuvieron en un salón, sino dentro del propio subte, y que Rufina ya ha superado la primera estación. También le explica que “Segrob”, leído al revés, forma su verdadero nombre: Borges.


Segunda estación: Entre Pasco y Alberti

Mientras el subte avanza, Borges le presenta a Rufina a su conductora: la Muerte, el mismo ser que sirve los cafés y el único capaz de manipular el Aleph. Luego le explica que, para regresar al mundo de los vivos, Rufina debe crecer y aprender de distintos espectros hasta convertirse en un fantasma legendario y conseguir el permiso de la Tejedora, quien decide qué fantasmas están preparados para aparecer entre los vivos.

Al pasar entre Pasco y Alberti, las luces se apagan y aparece una estación fantasma. Antes de que Rufina baje, Borges le da una pista: “Si no quieres esperar un tren eternamente, permítete insultar una buena pasta al dente”. También le aconseja que intente llevarse un recuerdo de cada encuentro para demostrarle a la Tejedora que se gana la confianza de los espectros.


Rufina baja y conoce a Giuseppe y Leonardo, dos obreros italianos que llegaron a la Argentina en 1911 para trabajar en la construcción del subterráneo. Ambos muerieron cuando se derrumbó el pozo donde trabajan, pero el accidente fue ocultado y la construcción continuó. Desde entonces, crearon esa estación imposible para que los pasajeros los vean y su destino no sea olvidado.

Los obreros invitan a Rufina a comer con ellos, pero el andén comienza a absorberla y comprende que, si acepta, quedará allí eternamente. Entonces recuerda la pista de Borges y dice que le encanta comer la pasta con mucho queso, algo que disgusta a los italianos. Así consigue que el andén deje de tragarla.

Antes de marcharse, Rufina pide un recuerdo. Giuseppe le entrega un trozo del material del andén, que se solidifica en sus manos. Rufina regresa al subte y continúa el viaje con Borges.


Tercera estación: Carlos Gardel

Durante el viaje, Borges le cuenta a Rufina que nunca sintió admiración por Carlos Gardel, a diferencia de la mayoría. Considera que su voz es capaz de hechizar a cualquiera y que transforma el tango, antes más alegre, en una música dominada por la tristeza. Incluso la Muerte confiesa que, cuando Gardel recibe un disparo a los 25 años, no puede llevárselo porque queda cautivada por su voz.

Al llegar a la siguiente estación, Borges le recuerda a Rufina que debe aprender del estilo de Gardel y conseguir un recuerdo para la Tejedora. Además, le da una pista: “Si una extraña amargura te endulza el oído, Homero y su aventura vencerán al errante sombrío”.

Rufina baja en la estación Carlos Gardel y escucha un tango que la atrae profundamente. Siguiendo la música, atraviesa el Shopping del Abasto y descubre que está viendo la Buenos Aires de los vivos, aunque una fuerza invisible le impide salir a ella.


Finalmente encuentra a Gardel, quien le explica que permanece allí como un alma en pena y prefiere atraer a las personas con su música en lugar de asustarlas. Rufina le cuenta que busca a Fabián y ambos conversan brevemente sobre el amor y la verdad.

Poco a poco llegan numerosos fantasmas que rodean a Gardel para escucharlo cantar. Él invita a Rufina a quedarse con ellos y su voz comienza a hipnotizarla. Entonces ella recuerda la pista de Borges y las historias de Homero que le contaba su padre, especialmente la Odisea y el episodio en que Ulises debe resistir el canto de las sirenas. Comprende que la voz de Gardel funciona de la misma manera y que, si permanece allí, quedará escuchándolo eternamente.

Rufina logra escapar y corre de regreso al subte. Justo cuando las puertas se cierran, el sombrero de Gardel entra volando al vagón. El cantante le dice desde lejos que se lo ha ganado, y Rufina continúa su viaje con su segundo recuerdo.


Cuarta estación: Felicitas Guerrero

Mientras avanzan por túneles secretos, Borges y Rufina hablan de Felicitas Guerrero, una joven viuda que muere antes de cumplir 26 años, asesinada por un pretendiente al enterarse de que se compromete con otro hombre. Rufina sabe que Felicitas visita muy pocas veces a su familia en la Otra Buenos Aires, aunque desconoce qué hace el resto del tiempo.

El subte se detiene frente a una escalera oscura. Antes de que Rufina baje, Borges le da una nueva pista: “Si, aunque parezca increíble, los silencios reverberan, ¿por qué no creer posibles ataduras que liberan?”

Rufina sube por la escalera y encuentra enganchado un trozo de tela blanca, que decide guardar. Finalmente llega a la iglesia Santa Felicitas, en Barracas. Allí escucha llorar a una joven llamada Ingrid, que ata un pañuelo blanco a la reja mientras habla con alguien a quien no puede ver. Entonces aparece el fantasma de Felicitas y Rufina comprende que es a ella a quien Ingrid se dirige.


Felicitas le cuenta que, tras morir, sigue enamorada de Samuel Sáenz Valiente, el hombre que realmente ama. Cuando descubre que Samuel se casa con otra mujer, intenta robarle Aleph a la Muerte para cambiar lo sucedido. Como castigo, la Tejedora le impone una tarea: ayudar a quienes atan objetos blancos a la reja de la iglesia para que encuentren el amor y dejen de sufrir.

Felicitas descubre que Rufina podría reemplazarla y trata de convencerla de quedarse allí. Le propone utilizar Aleph para enfrentarse a la Tejedora y así conseguir que ambas recuperen a sus amados. Rufina está a punto de ceder, pero recuerda la pista de Borges y comprende que el trozo del vestido de Felicitas puede ser una “atadura que libera”. Lo ata a la reja y consigue liberar a Felicitas de su impulso de atraparla.

Agradecida, Felicitas arranca otro pedazo de su vestido y se lo entrega como recuerdo para la Tejedora. Rufina regresa por la escalera, pero descubre que el subte ha desaparecido. Después de esperar unos minutos, recuerda que debe demostrar que puede convertirse en un fantasma legendario y decide continuar sola por las vías.


Quinta estación: Clementina

Rufina continúa sola por las vías hasta encontrar otra escalera. Al subir, atraviesa una abertura y llega al atelier de Clementina, una pintora fantasma que parece estar esperándola y que ya conoce su llegada gracias a Felicitas. Entre sus cuadros, Rufina encuentra uno que representa el subte y otro con una pista: “El arte de retirarse no es ninguna pavada. Hay que saber fijarse cómo ha sido la llegada”.

Clementina le cuenta que están en la llamada “torre fantasma” de La Boca, donde ella vivía y tenía su atelier. El edificio estaba infestado de unos duendes llamados follets, que escondían sus pinceles y alteraban sus pinturas hasta que un día provocan que caiga por una ventana y muera.


Mientras hablan, Rufina nota que los follets se mueven por el atelier y que las figuras de los cuadros también cambian de posición. Clementina le propone quedarse con ella y, junto con Felicitas, reemplazar a la Muerte en el subte y acabar con el reinado de la Tejedora. Rufina comprende que debe escapar, pero una fuerza invisible le impide salir por la ventana hacia la Buenos Aires de los vivos.

Cuando los follets comienzan a rodearla y Felicitas intenta salir de su cuadro, Rufina recuerda la pista y comprende que debe retirarse por el mismo lugar por el que llega: una pintura. Aunque intenta alcanzar el cuadro de la escalera, los duendes se lo impiden, por lo que salta dentro del cuadro que representa el subte.

Mientras cae hacia él, Clementina arroja a Rufina el lienzo que estuvo pintando durante todo el encuentro y le pide que lo haga, asegurándole que es su única esperanza.


Sexta estación: El guardián del Obelisco

Rufina cae nuevamente dentro del subte, donde Borges le explica que Clementina consigue robar una pizca de Aleph y la utiliza tanto para desviar el tren como para dar propiedades especiales a sus pinturas. Poco después llegan a la estación Carlos Pellegrini. La Muerte le entrega a Rufina un cofre que contiene todos los recuerdos que reúne durante su viaje.

Borges le explica que deberá subir al Obelisco para conocer a Atilio, el espectro encargado de custodiar y estudiar las reliquias y los misterios de Buenos Aires. Esta vez no le da una pista en forma de poema: le advierte que deberá decidir sola entre una opción y otra, porque un fantasma legendario debe aprender a discernir sin ayuda.


Rufina llega hasta la cima del Obelisco y conoce a Atilio, quien abre su cofre y examina los objetos que lleva. Le explica que algunos podrían convertirse oficialmente en reliquias de la ciudad. También le muestra otros objetos y misterios que custodia allí, entre ellos unas supuestas astillas del trineo de Papá Noel y una gata llamada Felipa, cuyo título de “misterio” renueva cada año.

Cuando Rufina intenta marcharse, Atilio le ofrece intercambiar su cofre por una misteriosa caja cuyo contenido ni siquiera conoce la Tejedora. Según él, esa incógnita podría resultarle más valiosa que todas las posibles reliquias que Rufina ha reunido.

Rufina inicialmente rechaza la propuesta, pero recuerda la advertencia de Borges y comprende que debe elegir por sí misma entre conservar su cofre o aceptar la caja. Aunque Atilio no le permite mirar dentro antes de decidir, Rufina concluye que no debe dejarse llevar por las apariencias y finalmente acepta el intercambio.


Séptima estación: La Tejedora

Cuando Rufina regresa al subte con la misteriosa caja que obtiene de Atilio, le pregunta a Borges si tomó la decisión correcta. Él no se lo confirma y simplemente le dice que lo sabrá en la próxima estación. Durante el viaje, Rufina siente varias veces la tentación de abrir la caja, pero decide resistirse.

Al detenerse el tren, Borges se despide de ella y Rufina comprende por sí misma que finalmente ha llegado ante la Tejedora. La estación parece estar formada por un complejo entramado, como si estuviera hecha de un enorme tejido. Después de bajar unas escaleras, Rufina escucha el sonido de dos agujas y, de pronto, todo a su alrededor desaparece excepto ella y la Tejedora.


La Tejedora es una anciana de piedra que teje constantemente y cuya presencia resulta aterradora. Cuando fija su atención en Rufina, el tiempo parece detenerse y su voz surge directamente dentro de la cabeza de la muchacha. Le ordena que coloque la caja sobre su regazo. Rufina obedece y espera que la abra, pero la Tejedora no lo hace.

En cambio, le concede a Rufina el permiso que necesita para regresar al mundo de los vivos como un fantasma legendario. Sin embargo, establece una condición: su primera aparición entre los vivos deberá tener estilo y producirse durante una tormenta. Rufina queda desconcertada porque no sabe cuándo habrá una, pero la Tejedora vuelve a concentrarse en su tejido y el encuentro termina.


Rufina regresa con Borges y la Muerte y les cuenta lo ocurrido. También señala que la Tejedora nunca abre la caja. Borges explica entonces por qué Rufina tomó la decisión correcta: el verdadero valor de la caja no está en lo que contiene, sino en que representa el único misterio cuya respuesta la Tejedora desconoce. Si la abriera, perdería ese misterio. Según Borges, saber absolutamente todo sería aburrido incluso para ella; el misterio mantiene vivos su interés y su pasión por continuar tejiendo.

Con su misión cumplida y el permiso de la Tejedora conseguido, Rufina solo necesita encontrar la tormenta indicada para realizar su primera aparición. Borges habla con la Muerte y el subte vuelve a ponerse en marcha. Cuando Rufina pregunta hacia dónde van, Borges le responde que van a buscar la tormenta que necesita.


Octava estación: El amo de la lluvia

Pocos minutos después de dejar a la Tejedora, el subte se detiene en Villa Luro, donde Borges y Rufina se encuentran con Juan Baigorri Velar, un geofísico que, según la leyenda, había construido a fines de la década de 1930 una máquina capaz de provocar lluvias. Borges cuenta que siempre creyó en su invento y que incluso recurría a él cuando necesitaba una tormenta que lo inspirara para escribir.

Borges le pide a Baigorri que prepare una gran tormenta para que Rufina pueda cumplir la condición impuesta por la Tejedora y realizar su primera aparición como fantasma legendario. Sin embargo, Rufina comprende que todavía no está preparada: después de concentrarse tanto en superar las pruebas de las distintas estaciones, nunca había pensado cómo encontraría a Fabián una vez que pudiera regresar a la Buenos Aires de los vivos.

Entonces, la Muerte le entrega un papel con el dibujo de una casa de dos plantas. Borges explica que esas son sus “coordenadas”: un fantasma legendario puede materializarse en un lugar conocido simplemente concentrándose en él, pero, si nunca estuvo allí, necesita una representación del sitio. La casa dibujada por la Muerte corresponde a la última residencia donde fue visto Fabián.


Rufina se concentra en el dibujo mientras Baigorri pone en funcionamiento su máquina. De pronto, rodeada de oscuridad y ectoplasma, aparece flotando frente a una ventana de la casa en medio de una enorme tormenta. Un trueno hace estallar los cristales y Rufina entra junto con la lluvia, realizando así su primera aparición oficial como fantasma legendario.

Dentro encuentra a dos hombres vestidos con impermeables negros. Rufina comprende que son los investigadores de leyendas urbanas que perseguían a Fabián. Ellos quedan fascinados al verla y reconocen inmediatamente a la dama de blanco, comparándola incluso con su estatua del cementerio.

Rufina les exige que le digan dónde está Fabián. Los investigadores explican que ya no está con ellos porque otra entidad se lo llevó, aunque consiguieron tomar una fotografía del momento. En la imagen se observan dos figuras borrosas: una parece ser Fabián, mientras la otra arrastra al joven hacia el exterior.


Al observarla, Rufina reconoce algo familiar en la segunda silueta y finalmente comprende qué ocurrió. Fabián se ha convertido, aun estando vivo, en un mito entre los porteños. Por eso existe alguien interesado en capturarlo, estudiarlo y determinar si realmente merece ese título: el espectro guardián, el mismo encargado de estudiar los misterios y reliquias de Buenos Aires que Rufina conoció en el Obelisco.

Con una nueva pista sobre el paradero de Fabián, Rufina se concentra en su próximo destino y desaparece de la casa. Mientras tanto, los investigadores, emocionados por haber presenciado y fotografiado a la legendaria dama de blanco, se abrazan entre los restos que dejó la tormenta.


Un nuevo mito

Rufina se materializa nuevamente en el Obelisco, acompañada por la tormenta que Baigorri había creado. Allí enfrenta a Atilio y le dice que ha regresado para buscar a Fabián. El guardián confirma que conoce al joven: explica que existen distintas versiones de la leyenda, incluso con diferentes nombres, pero que todas coinciden en lo fundamental: se trata de un muchacho enamorado de una joven muerta a la que busca desesperadamente.

Rufina comprende que no puede tratarse de otro y exige que se lo entregue. Sin embargo, Atilio se niega porque todavía está estudiándolo para determinar si realmente merece convertirse oficialmente en uno de los nuevos mitos de Buenos Aires. Incluso asegura que el proceso podría tardar uno o dos años.


En ese momento, uno de los cajones de la habitación comienza a abrirse y Rufina alcanza a reconocer la manga del saco de Fabián. Atilio vuelve a encerrarlo, pero Rufina, furiosa, provoca un rayo que atraviesa una ventana y golpea al guardián. Como Atilio ya había muerto precisamente alcanzado por un rayo décadas atrás, el ataque no puede matarlo nuevamente.

Rufina aprovecha para abrir el cajón y finalmente se reencuentra con Fabián. Los dos intentan besarse, pero justo antes de conseguirlo Atilio aparece detrás de ellos y los marca con su sello. El guardián anuncia que Fabián ha superado la prueba y queda reconocido oficialmente como un mito porteño. Sin embargo, para completar su leyenda necesitaba conocer a la mujer a la que estaría condenado a perseguir.


Atilio revela entonces la parte más cruel de la historia: también ha marcado a Rufina con el sello del olvido. Para que la leyenda de Fabián continúe existiendo, Rufina debe permanecer para siempre fuera de su alcance. No podrán besarse, tocarse ni siquiera verse, y Fabián terminará dudando de que ella haya existido realmente. Aun así, continuará buscándola eternamente, porque esa búsqueda imposible será la esencia de su mito.

Rufina comienza a desaparecer y siente que cae hacia un abismo del que no podrá regresar. Desesperada, piensa en la única persona capaz de ayudarla y consigue volver al subte junto a Borges. Su ectoplasma está desapareciendo rápidamente, pero ocurre algo inesperado: Borges todavía puede verla. Él explica que su ceguera funciona de manera particular en ese mundo: puede percibir aquello que los demás no ven, aunque reconoce que, cuando Rufina desaparezca por completo, ni siquiera él podrá recordarla.


Rufina piensa entonces en utilizar el Aleph, pero la Muerte ya se ha marchado y Borges duda de que hubieran podido convencerla de usarlo. Rufina recuerda que Clementina había conseguido robar una pequeña porción de Aleph y busca desesperadamente el último cuadro que la pintora le había arrojado durante su huida.

Como Rufina ya casi no puede tocar nada, Borges abre el lienzo por ella. La pintura muestra una esquina que Rufina conoce perfectamente. Entonces recuerda las palabras de Borges, quien le había asegurado que para ella no habría nada realmente imposible, y también el último pedido de Clementina: “¡Hacelo, Rufina! ¡Sos nuestra única esperanza!”

Con las últimas fuerzas que le quedan antes de desaparecer definitivamente, Rufina se introduce en la pintura de Clementina.


En la esquina de Azcuénaga y Vicente López

Justo antes de desaparecer por completo y olvidarlo todo, Rufina logra utilizar la pintura de Clementina y regresa a la esquina de Azcuénaga y Vicente López. No solo vuelve al mismo lugar: descubre que también ha regresado a la misma noche en la que conoció a Fabián.

Entonces escucha una voz conocida preguntándole si está bien y ofreciéndole ayuda. Es Fabián, exactamente como había sucedido la primera vez. Rufina comprende que tiene ante ella la posibilidad de cambiar lo ocurrido, recuperar aquello que más desea y alterar el destino que la Tejedora y el guardián habían trazado para ambos.


Esta vez decide actuar de manera diferente. En lugar de repetir aquel primer encuentro, Rufina mira a Fabián y lo besa. Con ese beso crea una paradoja y siente que algo comienza a temblar: no solamente el aire, sino el propio telar de los destinos.

Su decisión ha creado una falla en el tejido de la Tejedora, una pequeña hilacha capaz de deshacer lo que ya estaba establecido y permitir que algo nuevo ocupe su lugar. Rufina comprende que acaba de desafiar el destino y que ahora debe aprovechar esa oportunidad.

Por eso, inmediatamente después de besar a Fabián, lo toma de la mano y corre con él. Necesitan llegar hasta Parque Chas, a la esquina de Bauness y Bauness, e intentar alcanzar el último servicio del único colectivo que se detiene allí.


También te puede interesar:



Comments


About Todomenosleer

Join us on social media for more book recommendations, discussions, and literary insights. Connect with fellow book lovers and stay updated on the latest additions to the Todomenosleer community.

© 2023 by Todomenosleer. All rights reserved.

  • Facebook
  • Instagram
  • Pinterest
  • Twitter
bottom of page