RESUMEN de "Noches siniestras en Mar del Plata" de Mario Méndez | Resumen POR CAPÍTULO
- todomenosleer

- Dec 31, 2025
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Sonidos espeluznantes, un regalo brutal de Navidad, irrupciones nocturnas en el cementerio, un inesperado accidente automovilístico, un ataque paranormal, la desaparición de un chico que parece haber sido tragado por la tierra, un guardavidas solo en plena oscuridad de la playa, una mascota rescatada que no es lo que parece.
Nueve relatos breves para quienes tengan el valor de conocer la cara más aterradora de las historias de la ciudad de Mar del Plata.
A continuación, te dejo los resúmenes de los nueve cuentos, hechos por mí:
Tarde de lluvia en el Torreón del Monje
En una tarde lluviosa en Mar del Plata, el abuelo Juan lleva a sus nietas al café del Torreón del Monje. Las nenas se aburren porque preferirían ir a los jueguitos o al cine, pero el abuelo intenta entretenerlas contándoles una historia antigua relacionada con el lugar.
El abuelo relata que, muchos años antes de que existiera Mar del Plata, en la zona vivían los indios pampas y había un convento en la Laguna de los Padres, donde algunos curas intentaban evangelizarlos. Allí llega Pilmén, un joven indígena muy inteligente y curioso, que aprende español, lee la Biblia y trabaja con los religiosos. Los curas lo bautizan como Juan Pilmén y se convierten en su familia.
Con el tiempo, un marqués enviado por el rey de España se instala en la zona, organiza una estancia y una curtiembre, y contrata a algunos indígenas para trabajar, entre ellos Juan Pilmén. Años después, el marqués trae a su familia, incluida su hija mayor, María Rosa, una joven hermosa de quince años. Un día, mientras ella toca el piano, Juan Pilmén escucha la música y ambos se conocen. Desde ese momento se enamoran y comienzan a verse en secreto durante paseos a caballo.
Cuando María Rosa intenta contarle a su padre lo que siente, el marqués reacciona con furia, encierra a su hija y despide a Juan Pilmén, amenazándolo de muerte si vuelve a acercarse. A pesar de esto, los jóvenes deciden escapar juntos. De noche, Juan entra a la estancia, María Rosa se fuga por la ventana y ambos se casan en el convento con la ayuda de uno de los curas. Luego huyen hacia la costa.
Al descubrir la fuga, el marqués organiza una persecución con soldados. Los alcanza en la costa, en el lugar donde hoy se encuentra el Torreón. Rodeados y sin salida, María Rosa y Juan Pilmén deciden no entregarse: se abrazan y saltan al mar junto con su caballo blanco. Después de luchar un rato con las olas, desaparecen.
Según cuenta la leyenda, el marqués, lleno de dolor y arrepentimiento, manda a construir el Torreón y vive allí encerrado con el piano de su hija. Años después de su muerte, se dice que en las noches sin luna aún se escucha música de piano y los relinchos de un caballo. El abuelo termina la historia dejando en duda si es verdadera o no, mientras afuera sigue lloviendo.
Las fiestas del ’75
El narrador recuerda las fiestas de Navidad de 1975, cuando tenía diez años. Para él, esas reuniones familiares eran muy importantes y felices. Disfrutaba encontrarse con sus primos, sobre todo con Ornar, que era un año mayor y lideraba al grupo de chicos. También le gustaban los rituales de las fiestas: ayudar a poner los regalos bajo el árbol, guardar el secreto de quién se disfrazaba de Papá Noel y compartir esos momentos con los adultos, sin darse cuenta de los conflictos que había entre ellos.
Un mes antes de las fiestas, su madre anuncia que finalmente conocerán al tío Sergio, un familiar del que solo tenían viejas fotos en blanco y negro. Siempre les habían dicho que estaba de viaje, y esa idea había alimentado durante años la imaginación de los chicos. Sin embargo, poco tiempo antes, Ornar había escuchado a los adultos decir que el tío Sergio no viajaba, sino que estaba encerrado.
Cuando llegan al caserón de Punta Mogotes, el ambiente es distinto al de otros años. El narrador ve por primera vez al tío Sergio y se encuentra con un hombre desorientado, con una discapacidad intelectual evidente. A partir de ese momento, especialmente Ornar comienza a burlarse de él y a molestarlo. Durante varios días, los chicos lo hostigan cruelmente: lo engañan en la playa, lo llenan de arena, lo mojan y lo molestan mientras duerme. A pesar de algunos castigos, los adultos terminan resignándose, y el tío Sergio pasa a ser el centro de los juegos crueles de los chicos.
La tarde del 24 de diciembre, la fiesta parece volver a la normalidad. La madre del narrador trae los regalos y, aunque los reta por haberse portado mal, ellos no le dan importancia. En ese momento, el tío Sergio entra con un paquete mal envuelto y dice que es un regalo para Ornar, pero se niega a dejarlo junto a los demás. El narrador y Ornar lo siguen e insisten para que les diga qué es, pero el tío Sergio no responde ni suelta el paquete.
Más tarde, durante la cena y los festejos, todo parece normal. Antes de la medianoche aparece Papá Noel, pero el narrador nota que Ornar no está con él como otros años. Después del brindis, la familia se reúne alrededor del árbol para abrir los regalos. La madre decide que el primer regalo sea el del tío Sergio y, al no ver a Ornar cerca, lo abre ella misma. Al hacerlo, encuentra un martillo manchado de sangre, mientras el tío Sergio repite una y otra vez que el regalo es “un rompecabezas”.
Juego nocturno
Una noche de verano, cinco chicos se reúnen en el parque Primavesi para hacer lo que vienen haciendo desde hace años: juntarse a contar cuentos de terror, asustarse un poco y divertirse, como si estuvieran alrededor de una fogata. El grupo está formado por Mariana, Lara, Valentín, Mauro y el narrador. Las chicas ya parecen más grandes, mientras que los varones todavía se sienten chicos, aunque empiezan a cambiar.
Mientras se preparan para empezar, aparecen Fabián y Lucas, dos chicos más grandes que ese verano se sumaron a la zona de Playa Grande. Las chicas los reciben con entusiasmo, pero los varones reaccionan con celos y bronca. Fabián, en especial, se muestra desagradable y se burla constantemente de Mauro, al que llama “Joroba”.
Cuando Mariana les cuenta que estaban por contar historias de terror, Fabián vuelve a burlarse. Mauro, cansado de las provocaciones, propone jugar a algo distinto: el que pierde deberá ir de noche al cementerio. Fabián acepta el desafío. Después de discutir, deciden jugar al “chancho” y establecen que los dos primeros en perder deberán entrar juntos al cementerio y traer una pelota que será arrojada previamente hacia adentro.
Empieza el juego y, aunque hay risas, el miedo al castigo está siempre presente. Fabián parece no correr riesgo de perder, y cerca del final los más comprometidos son los tres varones del grupo y Mariana. Finalmente, Mariana pierde primero y el segundo perdedor queda entre Mauro y el narrador. El narrador, molesto por las burlas de Fabián hacia su amigo, decide perder a propósito para que sea Mauro quien entre al cementerio con Mariana.
Los dos entran al cementerio después de algunos titubeos y, unos minutos más tarde, regresan tomados de la mano. Fabián protesta porque no traen la pelota, pero Mauro se la saca de la espalda y dice que la traía “en la joroba”, lo que provoca la risa y el festejo del grupo.
Más tarde, acompañan a las chicas a sus casas y Mauro se despide de Mariana con un beso. El narrador lo felicita por haber enfrentado a Fabián, pero Mauro le cuenta lo que realmente pasó dentro del cementerio. Apenas entraron, él y Mariana se tomaron fuerte de la mano por miedo. En ese momento, unas manos frías le subieron la remera y le colocaron la pelota en la espalda, y una voz les susurró que podían salir, pero que ese lugar, de noche, pertenece a otros.
Un golpe de suerte
Un hospedaje ubicado sobre los acantilados de la Barranca de los Lobos se llena repentinamente de gente, periodistas y curiosos a raíz de un accidente ocurrido en el lugar. Los dueños, un matrimonio de ancianos, aprovechan la atención y la publicidad inesperada, convencidos de que ese hecho puede salvarlos de la ruina económica en la que se encuentran. Desde hace meses no reciben huéspedes, no tienen jubilación ni familiares que los ayuden, y la casona está a punto de ser rematada por una deuda hipotecaria.
Esa misma noche, Verónica Lavalle, una joven actriz que empieza a hacerse famosa, viaja hacia el sur para despedirse de su familia antes de irse al exterior por trabajo. Conduce su auto nuevo, lleva consigo el anticipo de un contrato importante y decide no detenerse en Mar del Plata. Sin embargo, la noche, la llovizna y el cansancio la hacen desviarse hacia un camino de tierra, donde encuentra el cartel del hospedaje y decide parar para descansar.
Los ancianos se sorprenden al oír el auto y reciben a Verónica con gran entusiasmo. Le ofrecen una habitación y una buena cena, y ella acepta agradecida. Se da un baño, escucha cómo la tormenta se intensifica y se siente cómoda y protegida en ese lugar tranquilo, que le recuerda a la casa de sus abuelos. Más tarde baja al comedor arreglada para la cena, lo que agrada mucho a los dueños.
Durante la comida, el anciano anota sus datos en el libro de pasajeros. La esposa reconoce a Verónica como una actriz de televisión, lo que a la joven le resulta simpático. Comparten un puchero de gallina y un vino que los ancianos guardaban para una ocasión especial. Conversan largo rato, y Verónica les cuenta sobre su carrera y el contrato que acaba de firmar. Incluso les confiesa que lleva el dinero del anticipo en el auto. Los ancianos la reprenden por la imprudencia y le hacen prometer que al día siguiente lo depositará en un banco.
Después de la cena, toman un licor y Verónica empieza a sentirse muy cansada. Les explica que debe ser por el estrés y el viaje. Los ancianos la ayudan a recostarse en un sillón cuando ya no puede mantenerse despierta. Antes de perder el conocimiento, Verónica cree oír a la mujer preguntarle a su marido si no se habían excedido con el licor.
Poco tiempo después, el auto de Verónica aparece destruido contra las rocas del acantilado. Los ancianos la habían acomodado en el asiento del conductor, empujado el vehículo hacia la barranca y escondido el dinero del contrato en la cocina. Luego borraron todas las huellas de su paso, quemaron el libro de registros y se fueron a dormir tranquilos, seguros de que al día siguiente tendrían mucho trabajo gracias al accidente.
El paseo de los fantasmas
Marcelo Cantilo sale desanimado del café del Torreón, donde los hermanos Funes acababan de rechazar una comedia que él había escrito. Marcelo es estudiante de Letras, dramaturgo aficionado, actor ocasional y pasa la mayor parte del tiempo sin trabajo. En la puerta lo espera Yamila, su novia, y ambos intentan darse ánimo, aunque Marcelo siente que su relación también está en peligro.
Mientras tanto, los hermanos Funes atraviesan una situación económica complicada. El verano anterior habían fracasado con una obra teatral y estaban al borde de la quiebra. Cuando Nicolás, el menor de los hermanos, llega tarde al café, les cuenta que se le ocurrió una idea después de bajar al subsuelo del Torreón: aprovechar ese espacio para armar un paseo de terror, como un tren fantasma, pero con la gente caminando entre escenografías y actores disfrazados. El lugar, oscuro y húmedo, resulta ideal, y los tres deciden avanzar rápidamente con el proyecto.
En poco tiempo comienzan las obras en el subsuelo del Torreón y la preparación del espectáculo, que se llamará El paseo de los fantasmas. Convocan a actores y actrices vocacionales para interpretar a los personajes. Entre los aspirantes están Marcelo y Yamila, que atraviesan un momento tenso en su relación. Ambos quedan contratados: Yamila interpreta a una vampiresa y Marcelo a un monje capuchino jorobado y siniestro.
Durante uno de los ensayos finales, Nicolás Funes aparece para supervisar el avance del proyecto. Marcelo se siente humillado al ser visto por él disfrazado y, distraído y enojado, tropieza con una piedra y cae desde el subsuelo sobre las rocas del acantilado. El accidente es grave: Marcelo pasa casi cincuenta días inconsciente y despierta milagrosamente en su casa, con pocas secuelas físicas pero con su vida completamente detenida.
Mientras Marcelo está internado, El paseo de los fantasmas se inaugura con enorme éxito y se convierte en la atracción de la temporada. Sus padres aceptan una indemnización a cambio de guardar silencio sobre el accidente. Yamila lo visita al principio, pero luego se aleja y, cuando Marcelo se recupera, le confiesa que se enamoró de otro hombre: Nicolás Funes.
A pesar de todo, Marcelo decide presentarse nuevamente ante los Funes para recuperar su trabajo. Los hermanos aceptan contratarlo otra vez, en parte por culpa y en parte para evitar problemas. Marcelo vuelve al paseo como el monje capuchino, ahora también rengo, y su actuación se vuelve cada vez más intensa y aterradora. Su personaje se convierte en la principal atracción del espectáculo.
Yamila renuncia al poco tiempo, incómoda por compartir el trabajo con su ex novio, pero Marcelo continúa. El último día de la temporada, los Funes organizan un asado con todos los empleados y luego realizan una función especial para invitados. Marcelo guía el recorrido como siempre, asustando a todos con su actuación.
En la función final, Marcelo incorpora una escena inesperada: en la última celda aparecen dos cuerpos ahorcados, tan realistas que el público entra en pánico. Nadie cree que sean muñecos. El escándalo es inmediato y el espectáculo se cierra definitivamente. Poco después, los hermanos Funes mayores se van de la ciudad y desaparecen.
Tiempo más tarde, Marcelo Cantilo vive internado en un hospital cercano al asilo Unzué. No se saca el hábito de monje, se ríe de forma espantosa y asusta a los demás internos, que huyen aterrados cada vez que escuchan sus carcajadas.
La pasajera
Lucho tiene quince años y pasa un verano que odia. Mientras sus amigos disfrutan de la playa, el fútbol y los boliches, él trabaja doce horas por día como lavacopas en un bar del centro de Mar del Plata. Entra a la tarde y sale de madrugada, siempre cansado, sin tiempo ni fuerzas para disfrutar de nada. Se siente agotado, pálido y fuera de lugar, como si no estuviera viviendo un verano verdadero.
Lo único que logra entusiasmarlo es una chica pelirroja que, algunas noches, sube al mismo colectivo que él toma para volver a su casa, el 531. Lucho se enamora a primera vista, pero no se anima a hablarle. Un día le comenta su obsesión a uno de los mozos del bar, un hombre viejo y antipático con una cicatriz en la cara, que le aconseja que se mantenga alejado de las pelirrojas. Lucho se ríe del comentario y no le da importancia.
La madrugada del 16 de febrero, agotado después del trabajo, Lucho sube al colectivo y la chica vuelve a aparecer. Esta vez se sienta a su lado y, después de que se le cae una revista, empiezan a hablar. La conversación fluye con total naturalidad, como si se conocieran de siempre. Pasan varias paradas y la chica no se baja, hasta que Lucho anuncia que él desciende en la calle Tres Arroyos. Ella le dice que también baja ahí.
Ambos descienden del colectivo tomados de la mano. Caminan juntos, se besan y Lucho siente que está viviendo el mejor momento de su vida. Después de un rato, la chica le pide que cierre los ojos. Él lo hace, confiado. Primero siente una caricia suave en la mejilla y, de pronto, un corte profundo y helado. Cuando abre los ojos, la chica ha desaparecido. Lucho intenta buscarla, pero no hay nadie. Empieza a sentir miedo y corre desesperado hasta su casa.
Al entrar, nota que la casa parece abandonada, llena de telarañas, como si nadie hubiera vivido allí en años. Sale nuevamente a la calle, confundido y asustado. Amanece y el barrio le resulta extraño. En ese momento pasa un diariero y arroja un diario. Lucho lo recoge y ve la fecha: 16 de febrero de 2008. Entonces recuerda que nació en 1963 y entiende que han pasado treinta años desde aquella noche.
Se acerca a un auto moderno estacionado cerca y ve su reflejo en el vidrio. El rostro que lo mira no es el de un adolescente, sino el de un hombre de unos cuarenta años, avejentado, flaco y con una cicatriz que le cruza la cara.
El departamento del fondo
Julián se despierta cerca de las tres de la madrugada al escuchar que la puerta del patio, la que da al pasillo común del PH, se abre muy despacio. Reconoce el ruido porque ya lo ha oído otras noches. Hace tres días que no puede dormir bien: se despierta sobresaltado, tiene pesadillas y pasa las noches en vela. Sus padres creen que es por la mudanza y el cambio de ciudad, pero en realidad Julián tiene miedo. El miedo se debe a la vecina del último departamento, la del fondo, la dueña de la puerta negra.
La familia se mudó recientemente a Mar del Plata porque el padre consiguió trabajo en un astillero. Alquilaron un viejo PH en el puerto. Julián vive en el segundo departamento del pasillo y tiene su habitación en la planta alta, algo que al principio le había gustado. En el tercer departamento viven los mellizos Ana y Hernán, que tienen su misma edad y se hicieron amigos enseguida. Ellos fueron quienes le hablaron por primera vez de la vecina del cuarto departamento, a la que llaman “la bruja del fondo”.
Esa noche, Julián baja las escaleras con cuidado y atraviesa el patio oscuro. Escucha ruidos suaves, como pasos arrastrados, que parecen venir de la cocina. Recuerda lo que le contaron los mellizos: que la vecina solo sale de noche, que se oyen maullidos aunque no se vean gatos, que del departamento salen olores horribles y que la mujer siempre viste de negro y tiene una mirada inquietante.
El miedo de Julián empezó tres noches antes, cuando fue al patio del departamento del fondo a buscar una pelota que se les había caído. Al asomarse, vio un patio desordenado, lleno de objetos tirados, y le pareció distinguir pequeños animales que corrían por el piso. Más atrás, en la cocina, vio a la vieja sentada en la oscuridad, mirándolo fijamente. Desde entonces, Julián dejó de salir a jugar y evitó a los mellizos.
Esa madrugada, Julián entra a la cocina a oscuras y enciende la luz. Allí ve a Ana y a Hernán parados en el medio de la cocina. Al principio se tranquiliza, pero enseguida se da cuenta de que los mellizos están tomados de la mano con la vieja del fondo y lo miran de una forma extraña.
Seis meses después, los padres de Julián se mudan nuevamente a Buenos Aires. Los mellizos los ayudan con la mudanza y se muestran tristes y atentos. Julián había desaparecido una noche sin dejar rastros. La policía lo busca por toda la ciudad, en el edificio, en el puerto y en las playas, pero no encuentra nada. Durante la investigación, los mellizos colaboran, aunque con el tiempo dejan de ser consultados, porque siguen insistiendo en que Julián está cerca, muy cerca.
Luna Roja
Lucía vuelve manejando de la inauguración de un bar en Miramar y, antes de llegar a Mar del Plata, decide detenerse en la playa Luna Roja. Está triste por una nueva ruptura amorosa, pero no llora; se siente acostumbrada a las decepciones. Deja el auto, baja a la playa y camina sola por la arena, en plena noche. El lugar está desierto, hace frío y el mar se ve oscuro e imponente, pero Lucía se queda igual, como solía hacer desde chica, usando el mar como confidente.
Mientras se moja los pies en el agua helada, piensa en Federico, su ex novio, que la engañó por segunda vez. En ese momento escucha una voz que le pregunta a quiénes se refiere cuando dice “todos iguales”. Al darse vuelta, ve a un guardavidas alto, musculoso, de ojos azules y sonrisa encantadora, que sale del mar en short de baño. Se llama Hugo. Comienzan a hablar y enseguida se genera una charla relajada y agradable. Lucía le cuenta lo que le pasó con su ex, y Hugo se muestra comprensivo, simpático y distinto a los demás hombres.
Caminan juntos por la orilla durante horas. Hugo sigue entrando al agua a pesar del frío y hasta la invita a nadar, aunque ella se niega. Finalmente se sientan en la arena y continúan conversando hasta que amanece. Lucía, cansada, se recuesta y se queda dormida al sol, tranquila y contenta con la compañía de Hugo.
Cuando despierta, ya es de mañana y la playa está llena de gente. Se siente un poco desubicada, pero feliz, y va hasta el mangrullo de los guardavidas para buscar a Hugo. Allí le dicen que no hay ningún guardavidas con ese nombre en Luna Roja ni en las playas cercanas. Confundida y desilusionada, Lucía se aleja.
Un carpero viejo y encorvado la llama y le dice que ella está buscando a Huguito, el mejor guardavidas de todos. Le da su nombre completo: Hugo Benítez. Cuando Lucía vuelve a consultar a los guardavidas, le dicen que no le haga caso al carpero, que está loco. Molesta y frustrada, Lucía se dispone a irse.
El viejo vuelve a llamarla y la lleva hasta un pequeño monolito de piedra. Allí hay una placa de bronce que dice: “Hugo Benítez, 1965–1989. En recuerdo a su heroísmo”. Lucía lee la placa y se queda horrorizada al comprender que Hugo murió años atrás. El carpero, que tiene los mismos ojos azules y la misma sonrisa que Hugo, le pregunta si habló con él y si le dijo algo de él, mostrando una esperanza silenciosa.
De regreso
La familia Linares vuelve en camioneta por la ruta 2 después de pasar unas vacaciones muy lindas en Sierra de los Padres. Anochece y el camino se ve plano y monótono. Roberto maneja, Alicia le ceba mate y su hijo Lucas, de tres años, duerme en el asiento trasero. Con ellos viaja Bonito, el perro que adoptaron durante las vacaciones, un cachorro que encontraron abandonado en la sierra y que se volvió inseparable del nene.
Mientras avanzan por la ruta, en la parte trasera de la camioneta brillan unos ojos rojos en la oscuridad. Roberto no se da cuenta de nada y comenta distraído sobre el paisaje. Bonito se mueve cerca de la palanca de cambios y Roberto lo manda de vuelta atrás para que no moleste ni despierte a Lucas. Alicia sonríe: al principio no estaba convencida de adoptar al perro, pero ahora cree que fue una buena decisión.
La camioneta sigue rumbo a Buenos Aires. Roberto intenta cambiar la radio y termina sintonizando una emisora marplatense. El locutor empieza a dar una noticia alarmante sobre un nuevo peligro para los turistas. Alicia sube el volumen y presta atención. El periodista habla de animales que parecen perros, juguetones y mansos, que se acercan a las familias y a los chicos, pero que en realidad no son perros sino roedores salvajes, carnívoros.
Alicia se pone pálida y le pide a Roberto que escuche. Él intenta restarle importancia, pero empieza a sentir un escalofrío. El miedo se instala cuando el locutor describe cómo algunas familias los adoptan sin saber lo que realmente son. Alicia grita el nombre de Lucas y se gira hacia el asiento trasero al mismo tiempo que Roberto frena de golpe.
Desde la oscuridad de la camioneta se oye el chillido agudo de Bonito, que los mira con sus ojos rojos.








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